Todos los días llevamos
a cabo un sinnúmero de actividades relacionadas a nuestra higiene personal. Nos
cepillamos los dientes, nos bañamos, nos lavamos el pelo, etc. Lo hacemos como
una rutina, sin ni siquiera preguntarnos por qué o para qué; simplemente lo
hacemos porque sí, porque es lo que nos enseñaron nuestros padres desde niños y
porque es indicio de buena costumbre. Lo
hacemos hoy y mañana también, porque en el transcurso del día nos ensuciamos. Y
aún si no sudamos excesivamente o si no nos ensuciamos de tierra o algo así,
como quiera lo hacemos, pues nuestro cuerpo despide sustancias que, aunque no
necesariamente estemos sucios, nunca estaríamos completamente limpios si no nos
bañamos y llevamos a cabo todas esas actividades de higiene. Por más esfuerzos
que hagamos en no ensuciarnos siempre necesitaremos de agua y jabón para
mantenernos limpios.
De igual forma sucede
con nuestra alma. Por más esfuerzos que hagamos en no ensuciarnos con el pecado,
siempre terminamos necesitando limpiar nuestra alma y corazón con la sangre de
Cristo. Todos los días cuando me levanto, me propongo no pecar; mantenerme pura
y limpia delante de mi Señor. Sin embargo, al pasar balance al final del día,
tristemente concluyo admitiendo que no fui efectiva en una que otra área y
termino necesitando una limpieza… unos días más profunda que otros.
Confieso que en
cierta medida esto me molesta. Igual que el niño que se niega a bañarse porque
entiende que “¿para qué bañarse de nuevo?”, me molesta el hecho de no tener la
capacidad de mantenerme limpia. Y al igual que en la higiene del cuerpo, no es
hasta que el niño crece y madura que acepta que la higiene es parte intrínseca de
la vida cotidiana. Asimismo, en la medida que maduramos espiritualmente y
crecemos en nuestra relación con Dios, vamos aceptando que la limpieza del alma
es parte intrínseca de la vida de un cristiano e incluso aprendemos a no ensuciarnos
tanto como cuando éramos bebés espirituales.
Mi frustración sólo
es compensada por la bendición de contar con el recurso para lavarme. Imaginemos
por un momento que no existiera el agua y el jabón. Imaginemos que no tuviéramos
los recursos para higienizarnos diariamente. Sería un caos. Todos anduviéramos sucios
y malolientes. Quizás ni cuenta nos daríamos de nuestro estado. Asimismo
estarían nuestras almas si no existiera la sangre de Cristo para lavar nuestros
pecados todos los días.
Como cristiana,
empiezo a comprender y a aceptar que por mis propias fuerzas no soy capaz de
mantenerme limpia y que mientras esté en este mundo, necesitaré acudir
constantemente al “baño” que me proporciona el Señor. Si duro un día sin
bañarme, ni yo misma podré soportarme. Así que “firmar un vale” y no acudir a
la limpieza del alma con mi Cristo no es una opción. A veces incluso debo hacer
igual como suelo hacer con mi hija de 10 años, a quien dejo bañarse sin
supervisión porque ya es lo suficientemente grande; sin embargo, cada cierto
tiempo debo hacer una operación de “desholline”. Además del baño diario espiritual, también debo
de vez en cuando apartar tiempo y espacio para “deshollinar” mi alma; es decir,
hacer una limpieza más profunda y estar en la disposición de que el Señor me
muestre esos rincones de mi corazón que he pasado por alto en mi proceso de
higiene diaria.
He aprendido a disfrutar de mi proceso de higiene diaria, de igual forma como se disfruta una buena ducha. Adoro esa sensación de frescura... de olor a limpio. Entro sucia al baño que me da el Señor todos los días, pero salgo inmaculadamente limpia, totalmente renovada y segura de que aunque me vuelva a ensuciar, Él podrá limpiarme una y otra vez.
¡Oh, bendita sea la
sangre de Cristo!... Que "aunque [mis] pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana" (Isaías 1:18)... TODOS LOS DÍAS. ¡Amén!
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