lunes, 12 de mayo de 2014

Higiene del alma


Todos los días llevamos a cabo un sinnúmero de actividades relacionadas a nuestra higiene personal. Nos cepillamos los dientes, nos bañamos, nos lavamos el pelo, etc. Lo hacemos como una rutina, sin ni siquiera preguntarnos por qué o para qué; simplemente lo hacemos porque sí, porque es lo que nos enseñaron nuestros padres desde niños y porque es indicio de buena costumbre.  Lo hacemos hoy y mañana también, porque en el transcurso del día nos ensuciamos. Y aún si no sudamos excesivamente o si no nos ensuciamos de tierra o algo así, como quiera lo hacemos, pues nuestro cuerpo despide sustancias que, aunque no necesariamente estemos sucios, nunca estaríamos completamente limpios si no nos bañamos y llevamos a cabo todas esas actividades de higiene. Por más esfuerzos que hagamos en no ensuciarnos siempre necesitaremos de agua y jabón para mantenernos limpios.

De igual forma sucede con nuestra alma. Por más esfuerzos que hagamos en no ensuciarnos con el pecado, siempre terminamos necesitando limpiar nuestra alma y corazón con la sangre de Cristo. Todos los días cuando me levanto, me propongo no pecar; mantenerme pura y limpia delante de mi Señor. Sin embargo, al pasar balance al final del día, tristemente concluyo admitiendo que no fui efectiva en una que otra área y termino necesitando una limpieza… unos días más profunda que otros. 

Confieso que en cierta medida esto me molesta. Igual que el niño que se niega a bañarse porque entiende que “¿para qué bañarse de nuevo?”, me molesta el hecho de no tener la capacidad de mantenerme limpia. Y al igual que en la higiene del cuerpo, no es hasta que el niño crece y madura que acepta que la higiene es parte intrínseca de la vida cotidiana. Asimismo, en la medida que maduramos espiritualmente y crecemos en nuestra relación con Dios, vamos aceptando que la limpieza del alma es parte intrínseca de la vida de un cristiano e incluso aprendemos a no ensuciarnos tanto como cuando éramos bebés espirituales.

Mi frustración sólo es compensada por la bendición de contar con el recurso para lavarme. Imaginemos por un momento que no existiera el agua y el jabón. Imaginemos que no tuviéramos los recursos para higienizarnos diariamente. Sería un caos. Todos anduviéramos sucios y malolientes. Quizás ni cuenta nos daríamos de nuestro estado. Asimismo estarían nuestras almas si no existiera la sangre de Cristo para lavar nuestros pecados todos los días.

Como cristiana, empiezo a comprender y a aceptar que por mis propias fuerzas no soy capaz de mantenerme limpia y que mientras esté en este mundo, necesitaré acudir constantemente al “baño” que me proporciona el Señor. Si duro un día sin bañarme, ni yo misma podré soportarme. Así que “firmar un vale” y no acudir a la limpieza del alma con mi Cristo no es una opción. A veces incluso debo hacer igual como suelo hacer con mi hija de 10 años, a quien dejo bañarse sin supervisión porque ya es lo suficientemente grande; sin embargo, cada cierto tiempo debo hacer una operación de “desholline”.  Además del baño diario espiritual, también debo de vez en cuando apartar tiempo y espacio para “deshollinar” mi alma; es decir, hacer una limpieza más profunda y estar en la disposición de que el Señor me muestre esos rincones de mi corazón que he pasado por alto en mi proceso de higiene diaria.

He aprendido a disfrutar de mi proceso de higiene diaria, de igual forma como se disfruta una buena ducha. Adoro esa sensación de frescura... de olor a limpio. Entro sucia al baño que me da el Señor todos los días, pero salgo inmaculadamente limpia, totalmente renovada y segura de que aunque me vuelva a ensuciar, Él podrá limpiarme una y otra vez.

¡Oh, bendita sea la sangre de Cristo!... Que "aunque [mis] pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana" (Isaías 1:18)... TODOS LOS DÍAS. ¡Amén!

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