miércoles, 10 de septiembre de 2014

El "token" del cristiano para las fantasías y sueños

A veces me pregunto qué tan bueno, o correcto, es para un cristiano soñar despierto o fantasear.

Desde niña siempre he sido una gran soñadora. Mi hermano mayor y yo jugábamos de niños a que él y yo estábamos en una isla desierta y teníamos que hacer todo tipo de cosas para sobrevivir. Llenábamos nuestra fantasía con aventuras, pero todo siempre nos salía bien, y mi hermano, claro, era siempre el héroe y yo su fiel ayudante (jeje!!). Nos pasábamos días enteros fabricando esas novelas, y muchas veces, si teníamos que pausar, la retomábamos en el mismo lugar en que la habíamos dejado como si fuera una serie de TV. Individualmente, yo por mi lado, invertía largas horas en mis espacios de soledad en inventar vidas futuras para mí y situaciones ideales. Claro, en las fantasías individuales, la héroe, la princesa, la protagonista de todo, era yo y solo yo. La mayoría estaban relacionadas con algún sentimiento romántico hacia alguien del sexo opuesto. Creo que toda mujer que recuerde esa etapa de su vida puede identificarse conmigo. Soñar con ese príncipe azul, con el día del primer beso, con el día de nuestra boda, etc., etc. No soy ninguna experta, pero me parece que las mujeres tendemos a practicar más el soñar despierta que los hombres.

Ya de adulta.... bueno, ¿qué les digo? En realidad, sigo soñando despierta, igualito como si tuviera 12 años. De hecho, a veces construyo unas fantasías tan elaboradas que se convierten en prácticamente una película o en toda una serie. Se convierten en una especie de "realidad paralela", en donde mi imaginación no tiene límites, y en la cual me adentro cada vez que no quiero enfrentar mi "realidad real" (valga la redundancia).

Independientemente de cualquier potencial patología psicológica que este tipo de comportamiento pudiera representar (no estoy diciendo que soñar despierto sea una enfermedad o algún tipo de locura, pero llevado al extremo en una mujer en sus cuatro décadas, pudiera que no sea muy normal), pienso que como cristiana debo controlar estas fantasías; debo y quiero controlar mis pensamientos.

La Biblia nos enseña que parte de "convertirse" es decir, de volverse a Dios es cambiar cómo pensamos. Es parte intrínseca del arrepentimiento. No es sólo arrepentirse de lo que hemos hecho, sino cambiar cómo pensamos, cambiar lo que pensamos, incluyendo nuestras fantasías. Dios quiere que empecemos a pensar como Él. 


"Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar. Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos de la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos" (Isaías 55:7-9).

¿Cómo entonces abandonar estos hábitos del viejo hombre? ¿Cómo someter nuestros pensamientos totalmente a Dios y abandonar la práctica de estar inventando mundos de fantasías en nuestra mente? La mayoría de las personas no pueden controlar sus pensamientos. Leí en la Internet que hace varias décadas un estudio llegó a la conclusión de que "cualquier persona que pueda concentrarse en una sola cosa por tres minutos, y que su mente no divague, es un genio". Controlar el pensamiento consciente, no soñar despierto, no dejar la mente simplemente volar hacia la dirección que nuestra carne quiera, es todo un reto para el cristiano. En realidad, nuestra mente es parte de nuestra carne y de nuestra naturaleza pecaminosa. Nuestra mente de manera natural tiende a rechazar a Dios. La mayoría de las tentaciones empiezan en nuestra propia mente. Dice el Apóstol Pablo en Romanos 8:7: "Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden." Es tan grande el reto, que solo la obra del Espíritu Santo dentro de nosotros puede hacer que logremos someter todos nuestros pensamientos a Dios.

Como cristiana debo desarrollar una mentalidad y una manera diferente de utilizar mi mente. ¿Por qué? Porque al fin de cuentas, mi objetivo debe ser siempre AGRADAR A DIOS. Entonces, debo hacerme la pregunta: ¿este pensamiento que estoy teniendo ahora agrada a Dios? A menudo olvidamos que Dios conoce nuestros pensamientos. Él sabe exactamente lo que estás pensando. Imaginémonos por un momento que estamos en la sala de espera de un consultorio médico y que a nuestro lado haya varias personas sentadas. Imagínate que uno de ellos pueda leer tu mente. Sería vergonzoso, ¿verdad? Porque son tantos los disparates que a veces pensamos y las cosas absurdas y los pensamientos feos, sucios que pasan por nuestra mente, que sería una gran vergüenza que el contenido de nuestra mente fuera del dominio público. Dios puede, no sólo leer nuestra mente, sino también hasta nuestro subconsciente; es decir, aun lo que nosotros no sabemos de nosotros mismos, Él lo sabe. Entonces, ¿cómo voy a agradarle si no someto a Él todo mi pensar?

Aun más fuerte es para mí lo que dice el Apóstol Pablo en 1 Corintios 2:16: "Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo". ¿Cómo la mente de Cristo puede pensar todas las cosas que pienso? Al igual como mi cuerpo es el templo del Espíritu Santo, y no puedo profanarlo, mi mente es la de Cristo, y no puedo dejar que piense cosas que no son de Cristo.

La Biblia nos da muchos tips de cómo someter nuestra mente al pensamiento de Dios y no al de nuestra carne. De todo lo que busqué, dos palabras me llamaron la atención. La primera es MEDITAR. El hábito de meditar en la Palabra de Dios de manera constante durante nuestro día, para mí, es la solución a la divagación de nuestra mente. Piénsalo, si me paso la mayor parte del día meditando, por ejemplo, en la porción de la Palabra que leí en la mañana; es decir, pensando en qué significa, en cómo puedo aplicarlo a mi vida, repitiéndola varias veces en mi mente, sintiendo cómo Dios me habla a través de esa palabra, entonces, de seguro pensaré en menos cosas que no son agradables a Dios. La otra palabra es ORAR; es decir, mantenernos en constante comunicación con Dios. Ambas cosas las he probado. No logro hacerlo todos los días, pero cuando lo hago, es increíble cómo la comunión con Dios hace que todo mi comportamiento, hasta mi entorno, cambie. Porque es que VIVIR PARA Y EN DIOS, ES LA MEJOR VIDA!! El secreto de la santidad es una comunión íntima con Dios.

Ahora bien, ¿quiere decir esto que dejemos de soñar, de tener anhelos? Dios nos dio una mente con la capacidad de visualizar las cosas que anhelamos. Eso en sí mismo no es malo; sin embargo, el problema no es la acción de soñar despierto, sino el contenido de esos sueños. Dios nos manda a que llenemos nuestra mente de las cosas de Él. "Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia..." (Mateo 6:33). Mi mente debe estar enfocada en los asuntos del reino de los cielos.

"Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, EN ESTO PENSAD" (Filipenses 4:8).

Por eso ahora quiero escudriñar mis pensamientos. Me hace recordar un poema de mi padre, J. Alfonso (Fonchi) Lockward, que decía en uno de sus versos: "Le pido pasaporte a la tristeza a ver si es cristiana". Hasta nuestro más profundo sentimiento debe ser sometido al proceso de santificación que el Señor está llevando a cabo en nosotros. Trataré de pedirle pasaporte a cada pensamiento, y aún más, montaré toda una seguridad como en la de los aeropuertos y lo pondré bajo el scan para asegurar que pueda ver hasta la más mínima intención de cada pensamiento que cruza por la frontera de mi mente.

Pero no puedo hacerlo por mí misma; no creo que mis propios esfuerzos sean suficientes. ¡El reto es muy grande! Los personajes de la película Inception (titulada El Origen en Latinoamerica y protagonizada por Leonardo DiCaprio) se adentraban en los sueños de las personas para robarle información y secretos de sus mentes. Para hacer esta extracción (como llamaban a esta operación en la trama), debían ellos mismos dormirse y soñar junto con la víctima. En sus sueños construían mundos paralelos, tan reales que corrían el riesgo de perder la habilidad de distinguir entre sueño y realidad. Para mitigar este riesgo utilizaban un objeto, que llamaban token, el cual por su característica (peso, contextura, etc.) les podía indicar si lo que estaban viviendo era la realidad o si por el contrario, estaban viajando a través de los sueños. Al igual que en esta película, siento que necesito de un token; de uno muy especial. Algo que me haga despertar de mis fantasías, que me haga volver a mi "realidad real" y no me permita quedarme a la deriva en mi "realidad paralela" producto de mi invención. Un token que me diga: "¡Nana, despierta! Lo que tengo para ti no se compara con tus sueños". Ese token es el Espíritu Santo. Solo el Espíritu Santo puede hablar a mi corazón y decirme que lo que está en mi mente no es agradable a Dios. Solo Él puede hacerme despertar de mis fantasías y hacer que todo mi ser y sobre todo, mis pensamientos, estén rendidos a Dios. Solo Él puede darme la mente de Cristo.

"Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno" (Salmo 139:23-24).
Amén.-