miércoles, 18 de diciembre de 2013

METAS

Como todos los años, en esta época, entre el final y principio de año, ya es prácticamente tradición y hábito apartar un tiempo para establecer las nuevas metas para el año entrante (aunque no siempre son nuevas). Yo lo hago todos los años. Pero este año quiero invitarte a que cuando hagas ese ejercicio de reflexión, tomes en cuenta algunos principios. Para ser honesta, es la primera vez que aplicaré estos principios, pero me atrevo a compartirlos aun cuando no tengo la experiencia de haberlos aplicado bajo el contexto de las metas del año, porque estoy cien por ciento confiada y segura de que funcionarán.

Y sé que funcionarán por una sencilla razón: he probado todo lo demás y no ha funcionado. Lo que más he adquirido en los últimos años de mi vida es conocimiento y herramientas para lograr el éxito, alcanzar las metas propuestas, obtener prosperidad, etc. etc. Más de dos docenas de talleres, como participante, como personal de apoyo y hasta como facilitadora; más de una docena de libros sobre superación personal, y aun así, hoy puedo decir sin temor a equivocarme que no han servido de nada.  Si al igual que yo, has estado expuesto a este tipo de información, te digo: Puedes tirar todo eso a la basura. 

Puede que alguien piense que estoy siendo poco razonable al hacer esta afirmación, incluso puede que me digan: "Que no te hayan funcionado a ti, no quiere decir que no puedan servirle a otros", pues esos conocimientos y herramientas que nos han enseñado para alcanzar metas de hecho sí le han funcionado a mucha gente. Y estoy de acuerdo; yo misma lo he visto. Es cierto si lo miras bajo la perspectiva de que alguien se propuso una meta, aplicó los conocimientos y herramientas aprendidos para alcanzarla, y la alcanzó. ¿Pero es eso realmente lo que la persona estaba buscando cuando se propuso esa meta?  

Cuando nos proponemos una meta o nos ocupamos en algo que realmente deseamos, ¿es la meta en sí misma lo que queremos o mas bien buscamos el sentimiento de satisfacción o de felicidad que creemos que esa meta nos proporcionará? La verdad es que no es la meta lo que buscamos, sino lo que pensamos que esa meta puede darnos. Si lo vemos desde esa perspectiva, entonces veremos cómo mucha gente que han alcanzado todas las metas que se han propuesto en la vida, al final como quiera no se sienten satisfechos. Esto es porque se han enfocado en la meta superficial y no en la meta de fondo, la meta real. Es lo que está detrás de la meta lo que verdaderamente importa, no la meta en sí misma.

Con eso en mente, les listo a continuación cinco principios que entiendo nos servirán para alcanzar lo que está detrás de las metas y de paso, también las metas mismas. Son principios que entiendo todo cristiano que ame a Dios debe seguir, no sólo para el inicio de año para lograr lo que nuestro corazón anhela, sino también para toda nuestra vida y para lograr ser mejores cristianos a la luz de la Palabra.

Principio #1: Busca primeramente el reino de Dios

"Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas." [Mateo 6:33]

Es uno de mis versículos favoritos. Está en rojo en mi Biblia, es decir, que son palabras del mismo Señor.  Sin embargo, tristemente no lo aplico todo el tiempo en mi vida como quisiera. Este año me propongo hacerlo.

¿Qué significa buscar primeramente el reino de Dios y su justicia? 

A lo largo de todos los Evangelios el Señor Jesucristo nos enseña lo que es el reino de Dios. Cada parábola dada por el Señor es para ilustrarnos en qué consiste el reino de Dios. Su vida, muerte y resurrección es la más alta representación del reino de Dios. Quiere decir que buscar primeramente el reino de Dios significa buscar a Dios; ser la semilla plantada en buena tierra que oye, entiende y da fruto [Mt. 13:1-9, 18-23]; es ser el trigo y no la cizaña que es echada al fuego [Mt. 13:24-30, 36-43]; es dejarlo todo y seguir a Cristo; es tratar cada día de parecernos más a Jesús, amando, predicando su Evangelio, atendiendo al pobre y al necesitado, sirviendo a los demás, amando verdaderamente al prójimo, poniendo la otra mejilla, dando la milla extra aunque nos duela en la carne. Buscar primeramente el reino de Dios y su justicia es ser verdaderos discípulos de Cristo.

Pero ¿cuáles son "todas esas cosas" que nos serán dadas? 

¿A que se refería Jesús? En el versículo 31 anterior, Jesús nos dice: "No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?". Quiere decir que "todas esas cosas" son todo lo que tiene que ver con nuestro sustento y con las cosas materiales que necesitamos o deseamos como seres humanos. Jesús nos enseña a que no nos preocupemos por eso y nos promete que si buscamos primero Su reino, en lugar de estas cosas, él nos proveerá de ellas como un plus. 

Digo como un "plus" pues no que estas cosas materiales serán una recompensa por buscar primero el reino de Dios, pues la verdadera recompensa no la veremos en este mundo. Si "buscas" primeramente el reino de Dios para obtener la recompensa aquí en la tierra de prosperidad, éxito, etc. entonces realmente no estás poniendo a Dios primero en tu vida. Cuestiona todo el tiempo tus motivaciones, pídele al Señor que escudriñe tu corazón y te revele si estás haciendo cosas supuestamente "espirituales" para obtener méritos terrenales. Es como cuando le prometo un premio a mi hija si saca buenas notas. Ella sin duda se esforzará para obtener ese premio, pero la verdad que el premio inmediato por sacar buenas notas no es el verdadero premio; el verdadero premio será la vida decente que podrá algún día tener gracias a una carrera profesional, la cual no obtendría si no sacara buenas notas. El premio, dice el Apóstol Pablo, es el "supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús". 

"Yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante,  prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús". [Filipenses 3:13-14]  

Este año, al establecer tus metas, pon primero las metas espirituales, y por último las materiales. Es más, pon sólo las metas espirituales, pues el Señor nos dice que ya el Padre sabe cuáles son nuestras necesidades [Mt. 6:32].  Entonces ¿para qué poner como meta cambiar el carro este año? Si realmente necesitas cambiar el carro, el Señor lo sabe.  Para cada meta que escribas, hazte la pregunta ¿esta meta busca primeramente el reino de Dios? 

Y quiero que pienses por un momento en algo que todos queremos: prosperidad económica.  Si eres creyente, ten cuidado cuando pidas por prosperidad. No es que tenga nada de malo la prosperidad, mucho menos pedirla al Señor, pero de la abundancia del corazón habla la boca [Mt. 12:34]. Si nuestras peticiones al Señor están llenas sólo de cosas materiales, quiere decir que el interés por las cosas materiales es lo que impera en nuestros corazones; entonces debemos preguntarnos si estamos realmente buscando primero el reino de Dios. Haz que además de tus metas, también tus oraciones estén llenas de peticiones espirituales. Empieza a pedirle al Señor por prosperidad espiritual, no material. Todos asociamos la prosperidad con abundancia económica y éxito en general en la vida, pero la verdadera prosperidad del cristiano es una vida que agrade a Dios.

Principio #2: Proponte una única meta: agradar a Dios

Visto el principio anterior de buscar primeramente el reino de Dios, todas las metas que podamos tener deberán poder resumirse en una sola: agradar a Dios.  Ése y no ningún otro debe ser el móvil de todo nuestro accionar y vivir. 

Soy consultora en planificación estratégica y lo primero que les digo a mis clientes es que antes de establecer una estrategia, objetivos o metas, es necesario establecer primero una MISIÓN y luego una VISIÓN, las cuales deben estar apoyadas de VALORES. Esto es básico en el proceso de planificación de una empresa. La misión es el propósito, el para qué, y la visión es hacia dónde nos dirigimos. La misión no cambia, pero la visión puede ser actualizada periódicamente. Son estos tres elementos que sirven de base para forjar una estrategia, es decir, el cómo. En el caso del cristiano, la misión es agradar a Dios; ese es nuestro propósito en la vida, el para qué vivimos. Y la visión es agradar a Dios y los valores, también agradar a Dios. ¿Por qué los tres elementos son iguales? Pues si nuestro propósito (la misión) es agradar a Dios, hacia donde nos dirigimos (la visión) también debe ser agradar a Dios, y por supuesto, los valores serán todos los que agraden a Dios, que se resume en las siguientes palabras de Jesús:

"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo" [Lucas 10:27]

Pero ¿qué es agradar a Dios?

 El Señor nos dice que si le amamos, debemos guardar sus mandamientos, y que el amor de Dios es precisamente eso, obedecerle [Juan 14:15, 21, 15:10]. Es decir que agradar a Dios es obedecerle, de igual manera como le pedimos a nuestros hijos que nos obedezcan si quieren verdaderamente agradarnos.

Este año, antes de establecer tus metas, haz un examen a tu vida e identifica todo aquello que sabes no agrada a Dios. Cambiar esas cosas que no agradan a Dios debe ser tu prioridad; esas cosas deben ser las primeras metas que encabecen tu lista. Cuando hayas terminado de listar todas aquellas cosas que estás haciendo que NO agradan a Dios, entonces continúa tu lista con otras cosas que pudieran agradar a Dios pero que aún no estás haciendo.

Principio #3: Somete todo a la voluntad de Dios

A veces me hago esta pregunta: ¿Por qué otros logran lo que quieren y yo no? Algunos amigos me dirán que es por mi falta de disciplina y compromiso; y otros dirán que es porque no me enfoco y quiero abarcar demasiado. ¿Y saben? Ellos tiene razón: soy indisciplinada y desenfocada. Sin embargo, no creo que esa sea la única razón por la cual no siempre obtengo lo que me propongo. En verdad pienso que aquello que no logro alcanzar es porque no es la voluntad de Dios, y si no es la voluntad de Dios, entonces no me conviene.

Es por esta razón que insisto que nuestras metas deben ser todas espirituales, porque las otras metas, las no espirituales (aunque no necesariamente estrictamente materiales), deben estar alineadas a la voluntad de Dios, y muchas veces no sabemos si es así. Las metas espirituales, por el contrario, ya sabemos de antemano y estamos seguros de que son la voluntad de Dios. Lo primero que tenemos que tener presente es que Dios tiene un plan para nosotros, y puede que nos lo revele como puede guardar el secreto y darnos una que otra sorpresa. Lo importante es estar claro en que los planes de Dios son perfectos y son para nuestro bien.

"Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis." [Jer. 29:11]

Muchas veces tenemos que someternos y aceptar que algo que pedimos o por lo que arduamente hemos luchado no está dentro del plan maestro de Dios para nosotros. Cuando establezcas tus metas, por más nobles y "cristianas" que parezcan, recuerda siempre orar diciendo: "Señor, sólo si es tu voluntad".

Y si te estás preguntando la pregunta que miles de veces me hecho de por qué, incluso gente que considero malísima, les va bien, obtienen todo lo que quieren y son exitosos y prósperos en la vida y tú no, entonces te invito a que leas los Salmos, especialmente aquellos que hablan de lo que le pasará al injusto.  Puede ser que en esta vida ellos estén bien, que ya hayan obtenido recompensa en su vida terrenal, pero la recompensa del cristiano no es de esta tierra, así que si no obtienes nada de las cosas buenas de este mundo, entonces recuerda las bienaventuranzas de Jesús. ¿De quién es el reino de los cielos? De los humildes, de los niños, de los pobres, de los que sufren, de los que lloran, de los últimos...

Principio #4: Ten paciencia. Todo será en Su tiempo

Esta es mi parte menos favorita, pues suelo ser muy impaciente. Un test psicológico al que me sometí cuando era más joven, concluyó diciendo lo siguiente sobre mi personalidad: "Mirtha es una persona muy impaciente y es adicta a la inmediatez". Esa frase no podía describirme mejor. Todos los días el Señor me enseña a ser paciente y a esperar en Él. Y no que lo haya alcanzado ya, pero prosigo hacia la meta (como dice el Apóstol Pablo).

No es casualidad que la paciencia es uno de los atributos que se utiliza para describir el fruto del Espíritu [Gá. 5:22]. Escuché una vez un sermón del Pastor John Nuzzo de Victory Family Church en Cranberry, Pennsilvania, donde decía que a veces le pedimos paciencia al Señor de la siguiente manera: "Señor, dame paciencia.... y dámela rápido". Por supuesto, todos en la audiencia rieron. Pero él continuó explicando que los atributos del fruto del Espíritu: 1) son inseparables; es decir, no puedes tener amor, pero no paciencia, o gozo, pero no amor; si tienes el fruto del Espíritu, entonces se podrán evidenciar en ti los nueve atributos (amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,  mansedumbre, templanza), pues el fruto del Espíritu es uno solo (no es casualidad que dice "el fruto" y no "los frutos"); y 2) el fruto del Espíritu no es algo que puedas pedir. Esto último me llamó mucho la atención, pues en la Biblia dice, por ejemplo, que el que no tenga sabiduría que se la pida a Dios [Stg. 1:5]; entonces, ¿por qué no puedo orar por paciencia, o por amor, o por gozo? Humm! No me quedaba claro por qué no. No ha sido sino en mi breve caminar en mi propia vida cristiana y relación con Dios que he podido verdaderamente entender esto. El Señor me ha mostrado cómo tengo que tener paciencia incluso en el camino hacia el conocimiento pleno de Él. Y es que el fruto es un resultado de un proceso que implica una alimentación y exposición a los elementos adecuados. Al igual que el árbol que necesita la luz y el agua, así nosotros necesitamos alimentarnos cada día de la Palabra de Dios para poder crecer. El fruto es el resultado de un crecimiento, de una madurez (el árbol no da fruto sino hasta que está listo para hacerlo), y conlleva tiempo y dedicación. Por eso no se ora por paciencia, sino se trabaja en ella alimentándonos de la Palabra y manteniendo una relación cercana con el Señor.

Entonces si no logras todo lo que te propones para este año próximo, incluso si no alcanzas tus metas espirituales, simplemente ten paciencia. El Señor tiene su tiempo y su tiempo siempre será perfecto, aun cuando hoy no puedas entenderlo. Espera en el Señor. Lo bueno de esperar en el Señor es que Él en el interim nos consuela. El Apóstol Pablo se refiere a Dios en Romanos 15:5 como "Dios de la paciencia y de la consolación".

Principio #5: Pon tu confianza en el único que puede ayudarte a alcanzar tus metas

Por último, pon todos tus planes, tus metas, tus sueños, toda tu vida en manos de quien te amó primero, dio Su vida por ti y que además, tiene el poder para concederte todas las cosas.  Muchas veces fracasamos porque queremos hacer las cosas por nuestros propios medios. Nos olvidamos que sin Dios no somos nada, y entonces el Señor nos lo recuerda. Robert Allsup, del ministerio Global Advance, en una predica reciente en mi iglesia, decía que si logramos las cosas por nuestros propios medios, entonces el mérito es nuestro y no de Dios. No podemos olvidarnos de nuestra misión, que es agradar a Dios, y glorificar a Dios, que viene siendo lo mismo. Cada meta, cada propósito, cada acción en tu vida debe ser para la gloria de Dios.

Así que, al perseguir tus metas durante este nuevo año, no confíes en ti mismo, ni en nadie, ni en la economía, ni en las circunstancias, sólo confía en Dios y ten fe de que Él te guiará por el perfecto camino de Su voluntad.

jueves, 30 de mayo de 2013

¿CUÁNDO?


¿Cuántas veces nos hemos hecho esta pregunta cuando esperamos o ansiamos algo? ¿Cuántas veces le hacemos esa pregunta al Señor en nuestras oraciones? Le decimos: "Señor, ¿cuándo? ¿cuándo?".

La respuesta está en Hechos 1:7.  Los discípulos le preguntaban al Señor si restauraría el reino a Israel en ese tiempo, es decir, en el tiempo de ellos. Se preguntaban cuándo; si ellos lo verían. El Señor les responde...
"No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones que el Padre puso en su sola potestad".

Esa respuesta me hace pensar en mi hija Alina, cuando le prometo llevarla, por ejemplo, a comer helado, pero no le digo cuándo. Ella se pone ansiosa y comienza a preguntarme "Mami, ¿vamos a ir ahora?".  Respondo pacientemente "No, Alina, ahora no".  Ella vuelve y pregunta "Mami, ¿iremos esta tarde?".  "No, Alina, esta tarde Mami no puede, tengo que trabajar" -le respondo.  Pero ella no se está quieta y vuelve y me dice "Pero Mami, iremos hoy, ¿verdad?".  Ya no tan pacientemente y arrepentida de haberle hecho la promesa, le respondo: "Alina, no iremos hoy, y menos ahora contigo insistiéndome tanto; ya te dije que iremos a comer helado pronto".  Pero no se queda ahí la cosa; ella continúa insistiendo hasta que por fin me dice "Mami, por favor, dime cuándo", como si toda su vida dependiera de mi respuesta.  Ella no hace una rabieta, pues sabe que si lo hace sus probabilidades de comer helado disminuirán a cero, pero ganas no le faltan de romper a llorar y gritar "Lo quiero ahooraaaa!".  Esa misma soy yo en mis oraciones.  El Señor me ha dado tantas bellas y maravillosas promesas y todo el tiempo estoy preguntando ¿cuándo, cuándo, Señor? Y es que mi carne es amante de la instantaneidad, de la inmediatez. Quiero todo para ya, incluso las promesas del Espíritu. Ya quiero ser adulta en el conocimiento de Dios, cuando apenas acabo de nacer.  Mi mente no acaba de entender que es un proceso.

El Salmo 1 habla de las bienaventuranzas del justo y dice que..
 "será como árbol plantado en corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo" (v.3)
Primeramente, la analogía es con un árbol, lo cual implica todo un proceso de siembra, crecimiento y alimento, es decir, necesidad de estar junto a "corrientes de agua" (que no puede ser más que su Palabra). Segundo, el fruto es EN SU TIEMPO. El fruto no viene de inmediato; es en su tiempo, cuando esté listo, cuando hayan sucedido toda una cadena de eventos previos necesarios para formar ese fruto.  Y aquí pienso en la palabra utilizada en Hechos 1 en donde dice que nosotros no tenemos que saber los tiempos del Padre, y también menciona "los sazones".  ¿Qué son los sazones de Dios?  Además de la primera imagen que nos viene a la mente de cebolla, verduras, cilantro, ajo, etc., si buscamos en el Diccionario de la Real Academia Española la palabra sazón, encontraremos que significa (viene del latín satĭo, -ōnis, acción de sembrar, sementera) 1. Punto o madurez de las cosas, o estado de perfección en su línea. 2.  Ocasión, tiempo oportuno o coyuntura. 3. Gusto y sabor que se percibe en los alimentos. Y que a la sazón, significa: En aquel tiempo u ocasión. Y en sazón: Oportunamente, a tiempo, a ocasión. 
Vista estas definiciones, no puedo evitar pensar que el Señor definitivamente me está cocinando, pero aún no estoy en el "punto o madurez de las cosas, ni en estado de perfección".  Tampoco aún tengo el "gusto y sabor" que debo tener. ¿Acaso se puede sacar un bizcocho del horno antes de que haya pasado el tiempo que necesita?  El Señor aún no ha terminado su obra en mí.
Para que eso suceda, sólo tengo que buscarle.
"Acercaos a Dios, y El se acercará a vosotros"
[Stgo. 4:8a]
  
Pero el resultado de la comunión y conocimiento de Dios no es inmediato, porque es que Dios no nos puede ser revelado de un sólo golpe; no estamos preparados para eso. El conocimiento de Dios debe ser dosificado, de manera que pueda caber en nuestro limitado entendimiento. Es un proceso y debemos no sólo honrar ese proceso, es decir, ser obedientes y pacientes durante el mismo, sino que también debemos aprender a disfrutarlo. Dejar la ansiedad, la desesperación, la impaciencia. Buscándole todo el tiempo, y esperando sólo en El.

En conclusión, no es cuando yo quiera, mucho menos cómo yo quiera; no es cuando yo piense que debe de llegar, es cuando El quiera; será en SU TIEMPO.  Mi oración al Señor no debe ser entonces preguntarle cuándo, sino pedirle que me continúe "sazonando" con sus sazones. Amén.

lunes, 6 de mayo de 2013

AMOR

Nunca imaginé que escribir sobre la palabra "amor" me iba a resultar tan difícil.  Lo que estaba supuesto a tomarme no más de una semana (se supone que sea una palabra cada semana), en realidad, me ha tomado tres semanas de estudio y meditación sobre el  tema, sólo para descubrir que me falta muchísimo que aprender y que probablemente no llene ni siquiera mis propias expectativas con estas líneas, ni pensar en las expectativas de mis lectores.  Pero creo que es hora de compartir esta reflexión que, aunque inconclusa en muchos aspectos, y un poco larga para las características de un blog, pienso que pudiera ser de bendición y edificación tanto para cristianos, como para aquellos que aún no conocen el amor.  
 
A propósito, si piensas que sabes lo que es el amor, pero no conoces a Dios, estás totalmente engañado.  El amor del que hablo en esta publicación no es el amor que humanamente conocemos.  Pudiera decirse que ese amor al que nos referimos humanamente y de una manera tan fácil y hasta coloquial, en realidad no es más que una imitación barata del verdadero amor.  Pudiéramos referirnos a ese amor como un amor "calaberita"; es decir, de mala calidad y que no es de la marca auténtica.  Escoger la imagen de esta publicación me fue sumamente difícil, pues si buscas en Internet imágenes para la palabra amor, en unos breves segundos la pantalla de tu computadora se convertirá en una roja explosión "sanvalentinezca" caracterizada por un despliegue de corazones y frases que más cursis no pueden ser.  Alguien debería decirle a Google que el amor es más que corazones y frases bonitas; aunque reconozco que representar el amor en una imagen es prácticamente imposible y que todo eso de los corazones no es más que un humano intento de representar algo a lo que aún no hemos podido darle una explicación.  De algo sí estoy segura y es que el verdadero significado del amor sólo lo podré encontrar en la Biblia.  Por esta razón pienso que la imagen que terminé escogiendo, luego de mucho buscar, de un libro (la Biblia) formando con sus hojas un corazón, es la que mejor representa la idea que quiero transmitir: el verdadero amor viene de Dios, y la primera evidencia de ello y cómo aprender a amar sólo podemos encontrarlo en Su Palabra.  Es un simple intento, pues lo reitero, es imposible encasillar el verdadero significado del amor en toda su amplitud, en una sola imagen.
 
El amor de Dios
"Cristo te ama".  ¿Quién no se ha encontrado alguna vez en la calle con alguien que en lugar de decir "hola" o "buenos días", te sale de repente con un "Cristo te ama"?  ¿O quién no se ha encontrado con esta frase en una carretera en algún letrero o en el bumper de algún carro o en el cristal de algún minibús?  Pero ¿qué significa en realidad? Lamentablemente esta es otra de mis preguntas sin respuestas, porque es que el amor de Dios literalmente "excede a todo conocimiento" [Ef. 3:19].  Esto puede significar sólo una cosa: no podemos entenderlo.  Debo reconocer que entender esto -es decir, entender que no lo podré entender (valga la redundancia)-, fue un gran alivio para mí, pues me atormentaba no poder descifrar el enigma.  Como ser humano que soy, quisiera obtener alguna respuesta concreta, lógica, hasta científica por así decirlo, de qué significa el amor de Dios, y más allá aún, por qué.  ¿Por qué Dios ama a la humanidad? ¿Por qué me ama a mí?  
 
A mi modo de verlo, ante el misterio del amor de Dios, hay distintas opiniones.  Están los que como no encuentran una respuesta lógica que sus mentes puedan entender, deciden entonces rechazar el amor de Dios como una verdad.  "Como no lo entiendo, pues entonces no es cierto; no existe el amor de Dios".  Estas personas, al rechazar el amor de Dios como una realidad, están por supuesto rechazando la misma existencia de Dios. Porque DIOS = (es igual a) AMOR.  Esta falta de entendimiento muchas veces hace que cuestionemos el amor de Dios.  "Si Dios nos ama, ¿por qué permite que nos sucedan cosas malas? ¿Cómo puede Dios amarme si ha permitido que pierda a mi hijo(a), a mi esposo(a)? ¿Cómo puede permitir que sucedan terremotos, guerras, enfermedades, plagas, desgracias en el mundo y en nuestras vidas personales?"  La respuesta es sencilla, aunque algunos no la comprendan, o quizás, no quieran aceptarla.  La única causa del sufrimiento es el pecado. 
 
Sin ánimos de simplificar más de la cuenta un asunto tan teológica y espiritualmente profundo, entiendo que la historia se pudiera resumir de la siguiente manera: Dios crea al hombre y a la mujer libres; libres para decidir.  Pero el hombre y la mujer, como son libres, deciden pecar, es decir, desobedecer a Dios.  A partir de ese momento, somos condenados.  Pero ¿por qué? -se preguntará alguno.  ¿Por qué Dios creó al hombre y a la mujer con la posibilidad de pecar? ¿Para qué nos dio libre albedrío?  Quizás la pregunta que deberíamos hacernos es ¿para qué Dios quisiera crear "robots", sin alma, sin corazón, sin voluntad?  Lo que nos distingue y nos hace únicos en la creación es precisamente esa libertad.  Fuimos creados igual que El: santos, limpios, puros, pero el pecado nos dañó. 
 
Quizás alguien también se pregunte, pero ¿por qué Dios nos tiene que castigar por el pecado?  Si Dios es amor ¿por qué nos condena?  Más de una vez he sido acusada por filósofos humanistas de que mi percepción de Dios está equivocada. Me acusan de que para mí, Dios es un dios sádico, que castiga a sus hijos por haberles desobedecido, para luego "perdonarlos", pero aunque los perdona, como quiera eso no los exime del sufrimiento, porque aún si se convierten y aceptan la historia de la cruz, pudieran pasar por tribulaciones y sufrimiento, para que la gloria de este dios egoista se manifieste. Para ellos, la fe en Dios es algo que los seres humanos simplemente necesitamos para satisfacer un vacío espiritual; como una especie de cuento que necesitamos creernos para ser felices.  Y a lo que la Biblia y yo llamamos Dios, ellos llaman "universo" o "energía".  Si acaso te ha cruzado este tipo de razonamiento por la cabeza, te digo, apártate de él, porque este razonamiento, esta filosofía, no es más que una negación de la esencia misma y naturaleza de Dios.  Muchos de estos filósofos en realidad  tienen una  tendencia a obviar que el universo y toda energía fue creada por Dios y ese Creador es santo y perfecto y no convive con el pecado.  Por eso la separación del hombre y la mujer de Dios a través del sufrimiento y el dolor, y por eso también a través del sufrimiento y el dolor -pero esta vez de Dios hecho carne- es que somos reconciliados con El.   
 
Por otro lado, están los que simplemente nos rendimos ante las maravillosas manifestaciones del amor de Dios y lo aceptamos como un hecho, como una verdad, y aún cuando no comprendamos bien el por qué, por fe aceptamos y nos decimos a nosotros mismos: "Dios me ama".
 
"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna". 
[Juan 3:16]
 
La Biblia no dice en esta porción por qué Dios amó al mundo, sólo dice que fue "de tal manera", es decir, un amor tan pero tan grande, que hizo que Dios buscara la forma de eliminar la distancia entre El y los hombres, a través del santo sacrificio de Su Hijo.  Y siendo justos, ¿pudiera existir en verdad alguna razón válida para que seamos dignos del amor de Dios?  Dios no tuvo que amarnos, sin embargo, lo hizo.  Si el Evangelio, es decir, la historia de Jesucristo y su sacrificio en la cruz no te es suficiente, entonces simplemente para por un momento y mira la magnificencia de la misma Creación.  ¿No es esto suficiente evidencia de amor? 
 
El Evangelio y la Creación son evidencias irrefutables y suficientes del amor de Dios; sin embargo, continúan siendo una verdad genérica, es decir, para todos.  Sólo es posible experimentar el amor de Dios a través de una experiencia personal en nuestras propias vidas y como es personal, será diferente para cada quien.  En mi caso en particular, pude ver la manifestación del amor de Dios en mi vida cuando por fin me di cuenta de Su misericordia y fidelidad para conmigo.  Sin importar que tan lejos estuviera de El, Dios no se olvidó de mí y aún en medio de mi peor momento, mostró Su misericordia para conmigo.  Me viene a la mente la frase popular "Dios aprieta pero no ahorca"; en mi caso, pudiera decirse que fui apretada y ahorcada (no por Dios, pues simplemente estaba viviendo las consecuencias de mis pecados), pero Su misericordia actuó sobre mí como si El mismo me hubiese dado respiración boca a boca para traerme de nuevo a la vida.  ¿Y qué de Su fidelidad? Oh, Su fidelidad.  El que ama, cumple toda promesa, de eso no hay duda, y Dios prometió estar a mi lado, y sin importar mi infidelidad hacia El, Su fidelidad ha sido inagotable.
 
"¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? .... ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro."
[Romanos 8:35,39]
 
Pudiera escribir por horas y horas, páginas y páginas, sobre el amor de Dios y cómo se ha manifestado y se continúa manifestando en mi vida.  Es un tema amplio y profundo, como Su misma existencia.  Nuestras mentes no lo podrán entender, por lo menos no en este plano terrenal.  Sin embargo, para mí, lo que más se acerca a describir el amor de Dios son esas cuatro evidencias: la Creación, el Evangelio, Su Misericordia y Su Fidelidad.  Ojalá que la próxima vez que la persona que se te acerque (probablemente alguien que califiques como un "evangélico fanático") para decirte "Cristo te ama", puedas contestarle "Si, lo sé".
 
El amor como mandamiento
Desde niños nuestra cultura nos enseña que el amor es algo que sale natural del ser humano.  En una familia, lo natural es que los miembros se amen entre sí.  La gente también se enamora, y esto sucede en ocasiones sin uno esperarlo y de una manera tal que pareciera que no tuviéramos ningún control o decisión sobre ello.  A mí me encanta estar enamorada.  Definitivamente, es algo super natural en mí. Ese instinto fluye por mis venas y se manifiesta a veces hasta imprudentemente, pues "no lo puedo evitar, es lo que siento en mi corazón" -me digo a mí misma.  Ese amor es fácil y definitivamente, creo que realmente hay una predisposición natural en el ser humano para amar.  Sin entrar en el debate de si el "enamoramiento" es amor verdadero o no, veamos este amor familiar y romántico, como una capacidad innata de la raza humana.  Yo lo llamo el "amor de fábrica"; es decir, el amor que viene por defecto en nuestro sistema.  Estamos diseñados de fábrica para experimentar este amor. Incluso científicamente esto es una realidad, pues existen hormonas que inciden en la química de nuestro cuerpo que se han relacionado con episodios de amor en el ser humano, como cuando una mujer da a luz, cuando amamanta, durante el sexo, etc.  No es necesario que nos enseñen este amor, pues es parte de nuestro ADN.
 
Sin embargo, Jesús vino a enseñarnos otro tipo de amor.  Un amor igual al de El por nosotros.  Un amor que implica sacrificio y sobre todo, un amor que no es merecido o justificado.  Practicar este amor no es sencillo; en realidad, es muy difícil.  Por eso es un mandamiento, una ley. Si fuera fácil, no tuvieran que mandarnos a practicarlo, nos saldría naturalmente.  Por eso se nos manda en la Biblia a:
  1. Amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente [Mt. 22:37; Mr. 12:30; Lc. 10:27]
  2. Amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos [Mt. 22:39; Mr. 12:33; Lc. 10:27]
  3. Amar a nuestros enemigos [Mt. 5:43-44; Lc. 6:27,35].
Amar a Dios es el primer mandamiento, y tiene todo el sentido del mundo, pues una vez se logra el primero, el segundo ya entonces se hace fácil, igual el tercero que viene siendo el mismo. Y aún más allá, el amor es la fuerza que mueve al cumplimiento con el resto de los mandamientos, pues el Apóstol Pablo dice claramente que todos los mandamientos se resumen en el amor al prójimo [Ro. 13:9]. Es por amor que no debemos matar, es por amor que no debemos mentir, al final el motor para cumplir con los mandamientos de Dios es el amor.

El amor como una decisión
No hay pues duda alguna de que el amor, al ser un mandamiento, entonces se convierte en una decisión que debemos tomar.  Por ser un mandato de Dios, no quiere decir que deja de ser una opción.  Al final de cuentas, la decisión de obedecer los mandamientos de Dios continúa siendo parte del trato del libre albedrío.  La diferencia entre una ley y una sugerencia, al final de cuentas no es más que la consecuencia del incumplimiento; la sugerencia puede que no tenga consecuencias mayores, mientras que la ley tendrá una consecuencia ineludible.  Dios pone las reglas, y está en nosotros seguirlas o darle la espalda. Y como decisión, implica un compromiso.  Esto quiere decir que el amor deja de ser entonces un sentimiento reflejo natural del ser humano.  No es un sentimiento que invade nuestro corazón de repente y nos produce cosquillas en el estómago o cosas por el estilo.  Este amor no es involuntario, automático, sino todo lo contrario, es voluntario, es trabajo, es difícil.  Eso sí, unas veces más que otras.
 
El amor a Dios 
El amor que debería ser fácil definitivamente es el amor a Dios, aunque sea un mandamiento.  Pues ¿cómo no amar a Dios luego de ver todo lo que El ha hecho por nosotros y continúa haciendo?
 
"Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero."
[1 Juan 4:19]
 
El amor a Dios debería fluir fácilmente entonces. Debería, pero no es así.  Y de nuevo la misma razón: el pecado.  El pecado es desobediencia, y el amor a Dios es todo lo contrario, es la obediencia a Dios.
 
"Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos"
[1 Juan 5:3]
 
Me viene a la mente la frase de la película "Love Story" de los años 70, en donde el novio en un momento (Ryan O´Neal) le pide perdón a la novia (Ali Mac Graw), y ella le contesta "Amor es nunca tener que pedir perdón". La verdad es que pensando en el amor a Dios, este postulado se convierte en un imposible, pues no hay manera de dejar de pecar y siempre necesitaremos pedirle perdón a Dios. ¿Significa entonces que no es posible amar a Dios?  Nunca podremos amar a Dios con el mismo amor perfecto de El; sin embargo, somos llamados a seguir el ejemplo de Jesús y a imitar su amor, así como somos llamados a imitarlo a El en pos de la santidad. 
 
"Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor."
[Juan 15: 9-10]

El mismo Jesús nos dio la fórmula: "permanece en mi amor, guarda mis mandamientos".  Y el Señor sabe que volveremos a pecar, que no somos perfectos como El, de lo contrario, no nos hubiera enseñado también a perdonar.  El perdón es parte intrínseca del amor.  De hecho, es en el perdón que se manifiesta su amor para con nosotros.
 
"Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento."
[Marcos 12:30]
 
Me encanta como este mandamiento el Señor lo da con tanto énfasis.  Pudo haber dicho "amarás al Señor tu Dios" y ya.  Pero no; Jesús añadió "con todo tu corazón", luego "con toda tu alma"; pero no se queda ahí, también "con toda tu mente", y más aún "con todas tus fuerzas".  Pienso que el Señor, al mencionar el corazón, nos está diciendo que el amor a Dios se siente.  Esa es la parte fácil, pues es nuestra reacción natural al descubrir cuánto El nos ha amado.  Luego también nos dice que el amor a Dios es algo espiritual cuando menciona al alma. Y luego nos habla de la mente, es decir, del conocimiento.  No sólo lo amarás ciegamente, como pudiera ser un sentimiento, sino que también lo amarás con conocimiento.  Pero el mandamiento no estaría completo si no viene "la fuerza".  "Con todas tus fuerzas", me hace pensar en acción, en esfuerzo, en ponerlo en práctica todos los días.  

Las características del amor
Ya sabemos que nuestro amor a Dios no será perfecto, pero tenemos un modelo perfecto de amor que es nuestro Señor Jesús. Y la Biblia nos describe la perfección del amor de una manera absoluta.
 
"El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser..." 
[1 Corintios 13:4-8]
 
Piensa por un momento en la persona que crees que amas más profundamente.  Tu pareja, tu padre o madre, quizás algún hijo(a).  Piensa en tu relación con esa persona y en cómo eres con ella, y ahora compárala con las características de 1 Corintios 13 y coteja aquellas que entiendes que cumples.  ¿Con cuántas características cumples?  Tengo tres hijos, y la verdad que el amor que se le tiene a los hijos es algo maravilloso y grande, muy grande.  Pero haciendo este ejercicio pensando en mis hijos, la verdad es que apenas pude cotejar unas cuantas características.  Por poner un ejemplo, cuando llegué a "no se irrita", me detuve y me vino a la mente todos esos momentos en los que he perdido la paciencia.  
 
Ante esta definición del amor tan perfecta, no puedo evitar pensar que practicar este amor es una meta inalcanzable y que en realidad yo no amo a nadie.  La verdad es que es alcanzable.  La respuesta está en el mismo 1 Corintios 13, versículo 12: "Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido".  El amor que practicamos en este mundo, no es más que un mero ensayo del verdadero y perfecto amor.  Cuando estemos en la Gloria de Dios, ahí entenderemos y podremos amar con ese amor perfecto de Dios, pero mientras tanto tenemos que continuar ensayando y poniendo el amor ante todo.  
 
Creando el hábito de amar
Como el amor es un mandamiento, una decisión, perfecto y estamos llamados a ensayarlo, pues debemos ponerlo en práctica todos los días de nuestras vidas y en todo momento.  "La práctica hace al maestro" dice un proverbio, verdad? Pues de esa misma forma debemos practicar el amor, aún cuando en un principio no nos salga naturalmente, hasta que adquiramos el hábito de amar y sea nuestro primer impulso.  Es como cepillarse los dientes.  Todos los días tengo que recordarle a mi hija pequeña que debe cepillarse los dientes.  Estoy encima de ella todo el tiempo: "cepíllate los dientes antes de acostarte".  Si no se lo digo, seguramente se irá a la cama sin cepillarse.  A veces me pregunto ¿cuántas veces se lo tengo que decir? ¿Hasta cuándo? ¿Cuándo va a aprender?  Efectivamente, ella aprenderá y hará un hábito de ello, y probablemente, será un hábito que lo hará de manera automática cuando sea mayor, y el día que no lo haga, se sentirá extraña, pues ya es un hábito.  Asimismo, nosotros debemos hacer con el amor.  Todos los días tendremos que recordárnoslo.  Todos los días tendremos que estar encima de nosotros mismos para amar, para hablar con amor, para tratar a los demás con amor, para que todo nuestro accionar esté caracterizado por el amor de Dios.  Y cada día que pasa se hará menos y menos difícil, hasta el día en que sea nuestro primer impulso. 
 
"Todas vuestras cosas sean hechas con amor."
[1 Corintios 16:14] 
 
El amor como la marca inconfundible del cristiano
En otra publicación titulada "Cristian@" hablaba de que no existe un "cristianómetro" que nos permita saber que tan cristiana es una persona.  Pero si existiera tal instrumento asimilable a un termómetro, el mercurio del mismo sería definitivamente el amor.  Porque será por el nivel de amor que exhiba una persona que sabremos que es un verdadero discípulo de Jesús.  El mismo Señor lo dijo:
 
"En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros."
[Juan 13:35]

"Por sus frutos los conoceréis" [Mt. 7:16], y "el fruto del Espíritu es amor.." [Gálatas 5:22], dice la Palabra.  El cristiano está llamado a vestirse de amor y a andar con amor.  Si no hay amor en nosotros, no somos verdaderos cristianos.  "Ama, ama, ama, ama, ama, ama".  Me lo repito una y otra vez, para que no se me olvide, para vencer a mi naturaleza pecadora, y para que todo lo que haga esté impregnado de amor.  Desde mi trabajo, desde el más mínimo detalle de la vida cotidiana, que todo mi accionar sea en el amor de Cristo Jesús. Haz esta oración humildemente ante el Señor.  Reconoce que no sabes amar, pídele al Señor que te enseñe a amar en su perfecto amor.
 
El resultado del amor
Indudablemente que si todos practicáramos el amor en todo momento, el mundo sería diferente. Pero no el amor de corazoncitos y mensajitos, sino el amor de acción, de entrega, de humildad, de obediencia a Dios, el amor perfecto de Jesús, el amor descrito en 1 Corintios 13.  Viviríamos verdaderamente el Reino de Dios en la Tierra.  ¡Qué hermoso sería! Sería como la canción de John Lennon, "Imagine".  Imagina eso por un momento.  Un mundo en donde todo el mundo se ame.  Un mundo sin guerras, sin discusiones, sin divorcios, sin enemistades, sin rivalidades, sin envidia, sin rencor.  Mi pastor ha estado predicando sobre el Padre Nuestro, y hablaba de la parte que dice "Venga tu Reino; hágase Tu voluntad, como en el Cielo, así también en la Tierra".  Me llamó la atención que la oración que el Señor nos enseñó no dice "Señor, llévanos pronto a tu Reino", sino que pide al Padre que el Reino de Dios venga a la Tierra.  Jesús no nos enseña a escapar de la realidad de este mundo sin amor; por el contrario, nos enseña a que el Reino de Dios empieza en la Tierra, pero sobre todo que empieza por mí y por ti.  Así que empieza a crear el Reino de Dios amando.
 
También el amor tiene un resultado en nuestras vidas personales.  Jesús nos dice que si le obedecemos, permaneceremos en El, y luego nos hace una promesa.
 
"Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho."
[Juan 15:7]

Es la promesa del Señor por permanecer en su amor.  Esta promesa me tocó profundamente en mi corazón y me ha llenado de esperanza.  Pensé en esa petición especial que le he hecho al Señor y que sólo El conoce, y sentí como el Señor me está diciendo que haga Su Voluntad y que permanezca en su amor, y El concederá todos los deseos de mi corazón.

Una última invitación
Luego de pasar todos estos días estudiando sobre el amor he llegado a una conclusión.  El amor no se puede estudiar.  No se puede analizar, ni tampoco buscarle explicaciones.  El amor simplemente es.  El amor simplemente se practica.  No lo analices, no lo racionalices, simplemente párate y hazlo.  Empieza con someterte a la voluntad de Dios, ríndete ante tu Creador, entrégale tu vida y ámalo con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.  Corre a tu hermano, a tu amigo, a tu prójimo, a tu enemigo, al menospreciado, y ámalo, no sólo con palabras, no con un amor fingido, sino entrañablemente ... de corazón puro ... fervientemente [1 Pedro 1:22, 4:8]. ¡Amén!

lunes, 15 de abril de 2013

CRISTIAN@

Me pareció curioso que al investigar sobre la palabra "cristiano", la misma sólo se menciona 3 veces en la Biblia.  
...y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía.
Entonces Agripa dijo a Pablo: Por poco me persuades a ser cristiano.
...pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello.
 
Aparentemente el uso de la palabra es más histórico que bíblico y "es posible que originalmente la intención de usar el calificativo de cristiano contenía cierto sentido peyorativo(Nuevo Diccionario de la Biblia. Lockward/Unilit).  Pareciera que ser llamado "cristiano" era en esos tiempos de los apóstoles prácticamente una sentencia, sino de muerte, de serias dificultades, y que como mínimo podía ocasionar vergüenza.
 
Hoy en día esto ha cambiado.  El adjetivo se ha hecho universal para referirse ya no sólo a los seguidores de Cristo, sino a una religión, a un movimiento, a una condición, a una manera de ser, a todo un estilo de vida.  Ahora, si alguien dice "esa persona es cristiana", no necesariamente es motivo de vergüenza, sino de orgullo.  Alguien está reconociendo en otra persona ciertas cualidades.  Y reflexionando sobre esto por supuesto me pregunto si exhibo las cualidades necesarias para que me llamen "cristiana".  Y más aún, ¿soy digna de auto proclamarme como "cristiana"?  Al día de hoy, tristemente y siendo absolutamente honesta conmigo misma, la respuesta a ambas preguntas es NO.  ¿Significa esto entonces que no lo soy?
 
Desde niña me hice una idea propia de lo que era ser cristiano, y creo que esa idea era correcta: ser cristiano es difícil.  Durante toda mi vida entraba y salía del cristianismo, o digamos mejor, de una relación cercana con Dios, por diferentes razones: el mundo que me atraía, la falta de disciplina, el amor a las cosas terrenales, terquedad, etc, etc.  Pero en realidad, todo se resumía en que no quería hacer el "trabajo" ni someterme a lo que ya sabía conllevaba ser cristiano.  Es como el enfermo que sabiendo que morirá si no se toma determinado medicamento, aún no lo hace porque le cae mal, porque implica efectos secundarios o un gran dolor.
 
Creo que no hay cristianos buenos o malos.  O eres cristiano o no lo eres.  Punto. Es absurdo pretender poder identificar a un buen cristiano de otro que no sea tan bueno, o sea malo, como si existiera un "cristianómetro".  El nivel de mi cristianismo debe estar determinado por la profundidad de mi relación con Dios, y siendo esto así ¿cómo puede otro ser humano medir que tan profunda es mi relación con Dios?  Sin embargo, digamos que para fines ilustrativos, añadiré algunas palabras descriptivas, sólo para referirme a diferentes etapas por las que muchos cristianos, y otros que quizás no lo sean (eso sólo lo sabe el Señor), hemos atravesado.
 
El cristiano a medias (o cristiano de los domingos):  Puede ser que durante la semana ni se acuerde de su Creador, sino que espera hasta el domingo para ponerse el "traje de cristiano" e ir a la Iglesia. Durante años fui ese tipo de cristiana.  No era tampoco que estaba en malos pasos; no estaba en el mundo, pero tampoco estaba con Dios.  Es el camino más cómodo.  Sólo una palabra puede describir esto: MEDIOCRIDAD.  Y ¿qué dice la Biblia sobre la mediocridad?:
15 Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. !!Ojalá fueses frío o caliente! 16 Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.

El cristiano de la secreta:  Uff!  En esta categoría sí que soy toda una experta.  Este es el cristiano que se avergüenza ante el mundo de su Dios.  Y va más allá de la vergüenza.  Se parece un poco al anterior, porque es que este cristiano quiere ser cristiano sin dejar el mundo.  Ama el reconocimiento de los hombres y vive para ser aprobado por los demás. Es el síndrome de Pedro, quien negó a Jesús.  Y cuando te encuentras con esta realidad, creéme, al igual que Pedro y al igual que yo, llorarás amargamente (Mt 26:75). Y ¿qué dice la Biblia?:
32 A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. 33 Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.
Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.
Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree..
Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo.
 
El cristiano social o de moda:  Esta categoría es bien peculiar, pues ahora ser cristiano está de moda.  Y es que a veces vemos a la Iglesia y a la comunidad cristiana como a un club al que debemos pertenecer.  Tienen actividades, cantan bonito, hay muchas emociones de por medio, sientes que estás teniendo equilibrio en tu vida, pues estás atendiendo tu aspecto espiritual, conoces mucha gente interesante, y de repente tu vida -que estaba antes vacía, ahora la estás llenando con una agenda llena, muchos amigos a los que llamas "hermanos y hermanas" y muchos momentos emotivos.  La Iglesia se ha convertido para algunos tan sólo en un "spa espiritual", al cual se acude para recargar las pilas y aliviar nuestras cargas y el stress de nuestras vidas.  Y como figuras públicas han hecho profesión de fe, pues ahora ser cristiano también es "cool".  Estos cristianos no crecen.  Por eso vas a esas Iglesias, hablas con ellos y te das cuenta que sus palabras son superficiales, no hay ninguna profundidad, pues están atrofiados, no han crecido y continúan alimentándose de leche en vez de comida sólida (Heb 5:12-14). ¿Está verdaderamente tu corazón en Cristo?  ¿O eres como dice el Señor?:
Este pueblo de labios me honra; Mas su corazón está lejos de mí.
 
Yo he sido todas esas categorías de cristiano, y muchas más.  Y hoy inicio de nuevo el camino.  Me he convertido tantas veces que ya perdí la cuenta.  Y en mi necedad, he dudado en mi corazón si realmente el Señor me ha llamado a seguirle, pues me pregunto: ¿por qué a otros les es fácil ser cristianos y a mi me es tan difícil?  ¿Será que no doy para esto?  En esta semana compartí con un amigo que me conoce bastante bien y le dije que había vuelto al camino del Señor.  Se burló de mí, y entre otras cosas me dijo estas palabras: "Tú no puedes meterte en eso; tienes una personalidad adictiva; te vas a fanatizar".  El estaba haciendo referencia a otro momento de mi vida, en donde para llenar el vacío de estar lejos de Dios, acudí y -mucha razón tiene mi amigo- me fanaticé con determinado movimiento y filosofía humanística. No pude evitar sonreír cuando lo escuché diciendo eso, pues ojalá me convirtiera en una cristiana fanática.  El diccionario de la Real Academia define "fanático, ca" como "1. Que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento creencias u opiniones, sobre todo religiosas o políticas; y 2. Preocupado o entusiasmado ciegamente por algo."  Yo quiero ser una fanática de Jesús, yo quiero estar ciegamente entusiasmada por la Palabra de Dios, yo quiero estar tan apasionada de mi fe, que todos los días de la semana sean domingos, yo quiero tener una tenacidad desmedida por mi Dios.  Y hago énfasis en la palabra "desmedida".  ¿Acaso tuvo El medida cuando dió Su Vida por mí?
 
Este domingo asistí a una clase para nuevos cristianos (estoy tomando leche, pues aún no estoy apta para comida sólida), y volví a aprender lo que necesito hacer para alcanzar la meta de ser cristiana; no a medias, no de la secreta, no social ni de moda, sino solamente CRISTIANA, considerando siempre que la meta del cristiano es ser como Jesús.  Y me dieron la siguiente lista:
1) Estudiar la Biblia
2) Orar
3) Congregarse en una Iglesia
4) Testificar
5) Obediencia y
6) Dar, servir
 
Es evidente que mis métodos anteriores no iban a funcionar nunca.  No hay un "short cut", no hay un camino fácil, no hay manera de "guillarse" (como diríamos en buen dominicano).   Ser cristiano implica estar en una batalla constante, en donde el principal enemigo es uno mismo.
El labrador, para participar de los frutos, debe trabajar primero.
Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos.
 
Todos los 6 elementos son importantes, pero debo reconocer que hay uno que me es más difícil y por tanto, cobra mucha más importancia para mí.  Se trata de la Obediencia.  Y pensándolo bien, es el que necesito para poder cumplir con el resto de los 5.  Y es que para ser cristiana necesito ineludiblemente someterme al Señor, pues de nada me sirve auto proclamarme como cristiana y no cumplir con sus mandamientos.  
No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
 
Es una batalla, es una carrera en donde la única meta es alcanzar la Santidad de Jesús.  Y Su Santidad es inmensurable; prácticamente imposible de imitar, pero estoy llamada a intentarlo, y a vivir y morir intentándolo.   
No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús.
 
Por eso hoy, con todo y mis dudas, concluyo mi reflexión de la siguiente manera:
¿Exhibo las cualidades necesarias para que me llamen "cristiana"?
Aún no, pero estoy trabajando en ello, no para complacer a los hombres y obtener galardones en la tierra, sino para complacer a Dios y obtener mi galardón en el cielo.
¿Soy digna de auto proclamarme como "cristiana"?
No, no soy digna, pero el Señor me hizo digna al morir por mí en la cruz.  El y sólo El me hace digna todos los días de mi vida. Amén.


 

domingo, 7 de abril de 2013

SALVACIÓN

Es dificil mencionar la palabra "salvación" sin que inmediatamente pensemos en lo espiritual, en lo religioso o en la misma base del cristianismo.  Es un tema profundo, del cual mi única pericia es mi propia historia.  Escucho a otras personas hablar de salvación y me doy cuenta que sus palabras no hacen mucho sentido hasta que una lo experimenta de una manera personal e íntima en su propia vida.  Es un tema tan profundo que -siendo absolutamente honesta- aún no logro comprender; aún estoy en el camino para entenderlo, y me temo que probablemente no logre comprenderlo sino hasta el fin de mi vida terrenal.  Sólo en ese momento podré comprender plenamente lo que quiere decir la salvación.

La palabra "salvación" es mencionada muchas veces en la Biblia; 170 veces para ser exactos, sin contar las veces en que se menciona conjugado el verbo "salvar" o la palabra "Salvador".  Se habla del Camino de Salvación, salvación de los enemigos, salvación de las tribulaciones, salvación de las enfermedades, salvación de la muerte, salvación del alma, salvación de los pecados.  Pero ¿qué es la Salvación para mí? ¿De qué necesito ser salvada?  No estoy enferma, ni a punto de morir (al menos, no que yo sepa). No estoy encerrada en una cárcel.  No estoy en drogas.  No me persiguen enemigos que quieran matarme o torturarme.  Estoy viva.  Así que.. ¿por qué habría de necesitar salvación?
 
Durante muchos años esta pregunta me ha perseguido.  He escuchado sobre la salvación desde que era niña, y aprendí, o quizás debería decir que me "embotellé" que necesitaba ser salvada por causa de mis pecados.  Este es un concepto difícil de comprender cuando no vemos las consecuencias de nuestros pecados de una manera inmediata.  Muchas personas se pasan la vida haciendo cosas "malas" y no hay ningún tipo de castigo, por lo menos no visible. Es fácil comprender el concepto del pecado, pues hay algo en nosotros que nos dice cuando hacemos algo que no está bien, pero la "salvación de los pecados" es otra historia.  Es fácil también reconocer el pecado, por lo menos, los pecados visibles, pues aprendemos de la sociedad ciertos principios que abarcan lo que llamamos "moral".  No tuve nunca problemas con reconocerme como pecadora; sin embargo, no siempre veía las consecuencias.  La verdad es que muchas veces me salí con la mía, y pudiera vivir así el resto de mi vida, y aún así tener una vida exitosa, plena, feliz, tranquila.  Y es que la consecuencia del pecado en realidad no sucederá en nuestra vida en la Tierra.  La consecuencia del pecado viene después.   
 
Y he aquí donde entra el elemento de la fe.  Siempre asociamos la fe con algo positivo, pero hay que empezar por lo negativo, pues para poder CREER en la salvación (la parte positiva), primero necesitamos CREER en la consecuencia mortal del pecado (la parte negativa).  De ninguna de las dos hay evidencias.  Yo no sé qué sucede después de la muerte.  No sé qué pasará con mi alma cuando mi corazón ya no palpite y deje de respirar.  Ni siquiera sé si existe el alma.  No la he visto nunca.  Tengo una idea de lo que puede ser, pero no sé si hay una parte de mi que cuando mi cuerpo muera seguirá viva o si también morirá junto con mi cuerpo.  Entonces CREER que el pecado es sinónimo de MUERTE eterna, es el primer acto de fe. 
 
Pero no puede quedarse sólo ahí.  Si creo que la consecuencia de mi pecado es la muerte para siempre y no hago nada al respecto, soy una necia.  "Necia" es la palabra bonita, pero el adjetivo que mejor lo describiría es "estúpida".  La fe es la certeza de lo que no se ve, ¿cierto? Entonces si tengo la certeza de que el resultado de mis pecados es una muerte segura, ¿no es entonces estúpido no buscar la fórmula para que esto no suceda?  Esa fórmula es la SALVACIÓN.
 
Pero no cualquier salvación, sino la SALVACIÓN DE DIOS, por medio de su Hijo, Jesucristo.  Si tuviera que buscar un sinónimo para salvación, no pudiera escoger sólo uno.  Porque la Salvación es Vida, es reconciliación con Dios, es el Perdón de Dios, es la comunión con Dios, la Salvación es JESÚS.  Y lo principal que tenemos que mantener en nuestras mentes y en nuestros corazones sobre esta Salvación, es que no se trata de una salvación terrenal, no se trata de que Dios nos libre de nuestros problemas ahora, ni de enfermedades, ni de una vida miserable.  Se trata de librarnos de la muerte eterna; de permitirnos que continuemos existiendo aún después de la muerte física.  Todo lo demás es añadidura, accesorio, extra, una "ñapa" que Dios en Su Misericordia nos concede.  Claro que Dios también me libra de las angustias de la vida presente; claro que Dios rompe las cadenas de las cosas que me mantienen alejada de El. Porque su único propósito es mantener una relación estrecha conmigo, ahora y para siempre.  

Y esa es la Salvación para mí.  Para ti, ¿qué es?

Hechos 4:12
Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.

Apocalipsis 7:10
y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero.