miércoles, 10 de septiembre de 2014

El "token" del cristiano para las fantasías y sueños

A veces me pregunto qué tan bueno, o correcto, es para un cristiano soñar despierto o fantasear.

Desde niña siempre he sido una gran soñadora. Mi hermano mayor y yo jugábamos de niños a que él y yo estábamos en una isla desierta y teníamos que hacer todo tipo de cosas para sobrevivir. Llenábamos nuestra fantasía con aventuras, pero todo siempre nos salía bien, y mi hermano, claro, era siempre el héroe y yo su fiel ayudante (jeje!!). Nos pasábamos días enteros fabricando esas novelas, y muchas veces, si teníamos que pausar, la retomábamos en el mismo lugar en que la habíamos dejado como si fuera una serie de TV. Individualmente, yo por mi lado, invertía largas horas en mis espacios de soledad en inventar vidas futuras para mí y situaciones ideales. Claro, en las fantasías individuales, la héroe, la princesa, la protagonista de todo, era yo y solo yo. La mayoría estaban relacionadas con algún sentimiento romántico hacia alguien del sexo opuesto. Creo que toda mujer que recuerde esa etapa de su vida puede identificarse conmigo. Soñar con ese príncipe azul, con el día del primer beso, con el día de nuestra boda, etc., etc. No soy ninguna experta, pero me parece que las mujeres tendemos a practicar más el soñar despierta que los hombres.

Ya de adulta.... bueno, ¿qué les digo? En realidad, sigo soñando despierta, igualito como si tuviera 12 años. De hecho, a veces construyo unas fantasías tan elaboradas que se convierten en prácticamente una película o en toda una serie. Se convierten en una especie de "realidad paralela", en donde mi imaginación no tiene límites, y en la cual me adentro cada vez que no quiero enfrentar mi "realidad real" (valga la redundancia).

Independientemente de cualquier potencial patología psicológica que este tipo de comportamiento pudiera representar (no estoy diciendo que soñar despierto sea una enfermedad o algún tipo de locura, pero llevado al extremo en una mujer en sus cuatro décadas, pudiera que no sea muy normal), pienso que como cristiana debo controlar estas fantasías; debo y quiero controlar mis pensamientos.

La Biblia nos enseña que parte de "convertirse" es decir, de volverse a Dios es cambiar cómo pensamos. Es parte intrínseca del arrepentimiento. No es sólo arrepentirse de lo que hemos hecho, sino cambiar cómo pensamos, cambiar lo que pensamos, incluyendo nuestras fantasías. Dios quiere que empecemos a pensar como Él. 


"Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar. Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos de la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos" (Isaías 55:7-9).

¿Cómo entonces abandonar estos hábitos del viejo hombre? ¿Cómo someter nuestros pensamientos totalmente a Dios y abandonar la práctica de estar inventando mundos de fantasías en nuestra mente? La mayoría de las personas no pueden controlar sus pensamientos. Leí en la Internet que hace varias décadas un estudio llegó a la conclusión de que "cualquier persona que pueda concentrarse en una sola cosa por tres minutos, y que su mente no divague, es un genio". Controlar el pensamiento consciente, no soñar despierto, no dejar la mente simplemente volar hacia la dirección que nuestra carne quiera, es todo un reto para el cristiano. En realidad, nuestra mente es parte de nuestra carne y de nuestra naturaleza pecaminosa. Nuestra mente de manera natural tiende a rechazar a Dios. La mayoría de las tentaciones empiezan en nuestra propia mente. Dice el Apóstol Pablo en Romanos 8:7: "Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden." Es tan grande el reto, que solo la obra del Espíritu Santo dentro de nosotros puede hacer que logremos someter todos nuestros pensamientos a Dios.

Como cristiana debo desarrollar una mentalidad y una manera diferente de utilizar mi mente. ¿Por qué? Porque al fin de cuentas, mi objetivo debe ser siempre AGRADAR A DIOS. Entonces, debo hacerme la pregunta: ¿este pensamiento que estoy teniendo ahora agrada a Dios? A menudo olvidamos que Dios conoce nuestros pensamientos. Él sabe exactamente lo que estás pensando. Imaginémonos por un momento que estamos en la sala de espera de un consultorio médico y que a nuestro lado haya varias personas sentadas. Imagínate que uno de ellos pueda leer tu mente. Sería vergonzoso, ¿verdad? Porque son tantos los disparates que a veces pensamos y las cosas absurdas y los pensamientos feos, sucios que pasan por nuestra mente, que sería una gran vergüenza que el contenido de nuestra mente fuera del dominio público. Dios puede, no sólo leer nuestra mente, sino también hasta nuestro subconsciente; es decir, aun lo que nosotros no sabemos de nosotros mismos, Él lo sabe. Entonces, ¿cómo voy a agradarle si no someto a Él todo mi pensar?

Aun más fuerte es para mí lo que dice el Apóstol Pablo en 1 Corintios 2:16: "Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo". ¿Cómo la mente de Cristo puede pensar todas las cosas que pienso? Al igual como mi cuerpo es el templo del Espíritu Santo, y no puedo profanarlo, mi mente es la de Cristo, y no puedo dejar que piense cosas que no son de Cristo.

La Biblia nos da muchos tips de cómo someter nuestra mente al pensamiento de Dios y no al de nuestra carne. De todo lo que busqué, dos palabras me llamaron la atención. La primera es MEDITAR. El hábito de meditar en la Palabra de Dios de manera constante durante nuestro día, para mí, es la solución a la divagación de nuestra mente. Piénsalo, si me paso la mayor parte del día meditando, por ejemplo, en la porción de la Palabra que leí en la mañana; es decir, pensando en qué significa, en cómo puedo aplicarlo a mi vida, repitiéndola varias veces en mi mente, sintiendo cómo Dios me habla a través de esa palabra, entonces, de seguro pensaré en menos cosas que no son agradables a Dios. La otra palabra es ORAR; es decir, mantenernos en constante comunicación con Dios. Ambas cosas las he probado. No logro hacerlo todos los días, pero cuando lo hago, es increíble cómo la comunión con Dios hace que todo mi comportamiento, hasta mi entorno, cambie. Porque es que VIVIR PARA Y EN DIOS, ES LA MEJOR VIDA!! El secreto de la santidad es una comunión íntima con Dios.

Ahora bien, ¿quiere decir esto que dejemos de soñar, de tener anhelos? Dios nos dio una mente con la capacidad de visualizar las cosas que anhelamos. Eso en sí mismo no es malo; sin embargo, el problema no es la acción de soñar despierto, sino el contenido de esos sueños. Dios nos manda a que llenemos nuestra mente de las cosas de Él. "Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia..." (Mateo 6:33). Mi mente debe estar enfocada en los asuntos del reino de los cielos.

"Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, EN ESTO PENSAD" (Filipenses 4:8).

Por eso ahora quiero escudriñar mis pensamientos. Me hace recordar un poema de mi padre, J. Alfonso (Fonchi) Lockward, que decía en uno de sus versos: "Le pido pasaporte a la tristeza a ver si es cristiana". Hasta nuestro más profundo sentimiento debe ser sometido al proceso de santificación que el Señor está llevando a cabo en nosotros. Trataré de pedirle pasaporte a cada pensamiento, y aún más, montaré toda una seguridad como en la de los aeropuertos y lo pondré bajo el scan para asegurar que pueda ver hasta la más mínima intención de cada pensamiento que cruza por la frontera de mi mente.

Pero no puedo hacerlo por mí misma; no creo que mis propios esfuerzos sean suficientes. ¡El reto es muy grande! Los personajes de la película Inception (titulada El Origen en Latinoamerica y protagonizada por Leonardo DiCaprio) se adentraban en los sueños de las personas para robarle información y secretos de sus mentes. Para hacer esta extracción (como llamaban a esta operación en la trama), debían ellos mismos dormirse y soñar junto con la víctima. En sus sueños construían mundos paralelos, tan reales que corrían el riesgo de perder la habilidad de distinguir entre sueño y realidad. Para mitigar este riesgo utilizaban un objeto, que llamaban token, el cual por su característica (peso, contextura, etc.) les podía indicar si lo que estaban viviendo era la realidad o si por el contrario, estaban viajando a través de los sueños. Al igual que en esta película, siento que necesito de un token; de uno muy especial. Algo que me haga despertar de mis fantasías, que me haga volver a mi "realidad real" y no me permita quedarme a la deriva en mi "realidad paralela" producto de mi invención. Un token que me diga: "¡Nana, despierta! Lo que tengo para ti no se compara con tus sueños". Ese token es el Espíritu Santo. Solo el Espíritu Santo puede hablar a mi corazón y decirme que lo que está en mi mente no es agradable a Dios. Solo Él puede hacerme despertar de mis fantasías y hacer que todo mi ser y sobre todo, mis pensamientos, estén rendidos a Dios. Solo Él puede darme la mente de Cristo.

"Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno" (Salmo 139:23-24).
Amén.-







lunes, 12 de mayo de 2014

Higiene del alma


Todos los días llevamos a cabo un sinnúmero de actividades relacionadas a nuestra higiene personal. Nos cepillamos los dientes, nos bañamos, nos lavamos el pelo, etc. Lo hacemos como una rutina, sin ni siquiera preguntarnos por qué o para qué; simplemente lo hacemos porque sí, porque es lo que nos enseñaron nuestros padres desde niños y porque es indicio de buena costumbre.  Lo hacemos hoy y mañana también, porque en el transcurso del día nos ensuciamos. Y aún si no sudamos excesivamente o si no nos ensuciamos de tierra o algo así, como quiera lo hacemos, pues nuestro cuerpo despide sustancias que, aunque no necesariamente estemos sucios, nunca estaríamos completamente limpios si no nos bañamos y llevamos a cabo todas esas actividades de higiene. Por más esfuerzos que hagamos en no ensuciarnos siempre necesitaremos de agua y jabón para mantenernos limpios.

De igual forma sucede con nuestra alma. Por más esfuerzos que hagamos en no ensuciarnos con el pecado, siempre terminamos necesitando limpiar nuestra alma y corazón con la sangre de Cristo. Todos los días cuando me levanto, me propongo no pecar; mantenerme pura y limpia delante de mi Señor. Sin embargo, al pasar balance al final del día, tristemente concluyo admitiendo que no fui efectiva en una que otra área y termino necesitando una limpieza… unos días más profunda que otros. 

Confieso que en cierta medida esto me molesta. Igual que el niño que se niega a bañarse porque entiende que “¿para qué bañarse de nuevo?”, me molesta el hecho de no tener la capacidad de mantenerme limpia. Y al igual que en la higiene del cuerpo, no es hasta que el niño crece y madura que acepta que la higiene es parte intrínseca de la vida cotidiana. Asimismo, en la medida que maduramos espiritualmente y crecemos en nuestra relación con Dios, vamos aceptando que la limpieza del alma es parte intrínseca de la vida de un cristiano e incluso aprendemos a no ensuciarnos tanto como cuando éramos bebés espirituales.

Mi frustración sólo es compensada por la bendición de contar con el recurso para lavarme. Imaginemos por un momento que no existiera el agua y el jabón. Imaginemos que no tuviéramos los recursos para higienizarnos diariamente. Sería un caos. Todos anduviéramos sucios y malolientes. Quizás ni cuenta nos daríamos de nuestro estado. Asimismo estarían nuestras almas si no existiera la sangre de Cristo para lavar nuestros pecados todos los días.

Como cristiana, empiezo a comprender y a aceptar que por mis propias fuerzas no soy capaz de mantenerme limpia y que mientras esté en este mundo, necesitaré acudir constantemente al “baño” que me proporciona el Señor. Si duro un día sin bañarme, ni yo misma podré soportarme. Así que “firmar un vale” y no acudir a la limpieza del alma con mi Cristo no es una opción. A veces incluso debo hacer igual como suelo hacer con mi hija de 10 años, a quien dejo bañarse sin supervisión porque ya es lo suficientemente grande; sin embargo, cada cierto tiempo debo hacer una operación de “desholline”.  Además del baño diario espiritual, también debo de vez en cuando apartar tiempo y espacio para “deshollinar” mi alma; es decir, hacer una limpieza más profunda y estar en la disposición de que el Señor me muestre esos rincones de mi corazón que he pasado por alto en mi proceso de higiene diaria.

He aprendido a disfrutar de mi proceso de higiene diaria, de igual forma como se disfruta una buena ducha. Adoro esa sensación de frescura... de olor a limpio. Entro sucia al baño que me da el Señor todos los días, pero salgo inmaculadamente limpia, totalmente renovada y segura de que aunque me vuelva a ensuciar, Él podrá limpiarme una y otra vez.

¡Oh, bendita sea la sangre de Cristo!... Que "aunque [mis] pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana" (Isaías 1:18)... TODOS LOS DÍAS. ¡Amén!

martes, 22 de abril de 2014

El cristiano y su zona cómoda

Estaba sentada en un salón de un hotel de la ciudad en un taller sobre Liderazgo. Estaba allí porque quería alcanzar mis metas y el taller prometía darme las herramientas para lograr eso. El entrenador habló de muchos temas interesantes, pero uno en particular me llamó la atención. Él tituló esa sección del taller "Zona Cómoda". Pintó en un papel un cuadrado. Dentro del cuadrado escribió algunas palabras de cosas que usualmente ya tenemos. "Trabajo", "familia"...  y algunas cosas materiales básicas. Luego, fuera del cuadrado escribió otras palabras de aquellas cosas que NO tenemos pero que nos gustaría tener. El público fue diciéndole cosas... "Mejor trabajo", "viajes", "abundancia económica", etc.  Entonces preguntó: "¿Qué hay entre lo que tengo hoy y eso que quiero que está fuera del cuadrado?" "¿Por qué no las tengo?", siguió preguntando. La conclusión era obvia: para alcanzar mis metas, necesito salir de mi zona de confort.

El entrenador puso el siguiente ejemplo: Una persona va a una heladería, de esas en donde puedes, antes de comprar, pedir que te den a probar todos los sabores que quieras. La persona comienza a probar uno por uno todos los sabores. Sabores exóticos, deliciosos y todos diferentes. Sin embargo, después de probarlos todos, cuando ya llega la hora de ordenar, la persona pide que le den un helado de "vainilla". "Así es nuestra zona cómoda", decía el entrenador. "Es como tener muchas alternativas y opciones, pero quedarnos en la que ya conocemos".

Hoy, años después de haber asistido a ese taller, me pregunto si -como cristiana- estoy en una zona cómoda. Creo que es una pregunta que vale la pena hacerse, como manera de auto-evaluación. ¿Estoy dándole a Dios todo lo que puedo darle? ¿O sólo lo que es "cómodo" darle?

¿Qué es la zona cómoda?
La parábola de los talentos que nos da nuestro Señor en Mateo 25:14-30, en cierta forma nos habla de la zona cómoda. El siervo que recibió un talento no hizo nada con él que no fuera esconderlo y esperar. Solo pensar en qué hacer con ese talento implicaba para el siervo salir de una zona de confort, pues tenía que pensar y buscar alternativas de qué hacer.  Su señor no le dijo qué hacer, simplemente se lo dio. Al llegar su señor, éste lo llamó "siervo malo y negligente". Son palabras fuertes. Está claro que lo que hizo, que fue no hacer nada, no estuvo bien. Sin embargo, muchas veces es precisamente eso lo que hacemos. Recibimos del Señor y lo que recibimos lo escondemos y esperamos, como si eso que hemos recibido fuera a dar fruto por sí solo sin ningún esfuerzo de nuestra parte.

Para el cristiano es muy fácil caer en una zona cómoda y no hacer nada o muy poco con lo que el Señor nos da. Nos mantenemos a la expectativa de que algo externo a nosotros suceda como por arte de magia y ni siquiera nos detenemos a pensar en cómo multiplicar, desarrollar y hacer crecer eso que hemos recibido. A veces nos decimos: "Estoy esperando que el Espíritu Santo me llene, me guíe..." Y sí, muchas veces lo que el Señor quiere es que esperemos, pero ¿habrán otras veces en las que usamos eso simplemente como una excusa? Para el cristiano, la zona cómoda es todo aquello que es fácil. Así de simple. Es todo lo que implique permanecer estático, no crecer. Es todo lo que viene por defecto. Ir a la Iglesia regularmente, pertenecer a algún ministerio, leer la Biblia y orar todos los días, etc. etc. Es recoger los mangos bajitos. Claro que para cada quien la zona cómoda será diferente y más aún, la zona cómoda va ampliándose cada día más. Lo que en un principio estaba fuera del cuadrado, una vez lo logramos o se convierte en un hábito, ya entra en la zona cómoda. Eso sería una batalla ganada, pero entonces sería necesario volver a mirar fuera del cuadrado y enfocarnos en eso que aún no está dentro y esforzarnos para que entre.

Tenemos que entender que la voluntad de Dios no puede ser encerrada dentro del cuadrado de nuestra zona cómoda. Sería como ver un paisaje hermoso desde el interior de una habitación a través de una ventana, y pensar que todo el paisaje es lo que el marco de la ventana nos permite ver. Para ver el paisaje completo, es necesario que al menos saquemos la cabeza.

¿Por qué el cristiano está llamado a salir de su zona cómoda?
Vi una vez un episodio de un show de comedia en la televisión norteamericana en donde alguien le decía a uno de los personajes: "Tienes que salir de tu zona cómoda". El personaje contesta: "Eso es lo más absurdo que he escuchado. ¿Por qué querría salir de mi zona cómoda? Por algo la llaman cómoda".  El chiste, sin lugar a dudas, es muy lógico. ¿Quién no quiere estar cómodo? Pero ser cristiano implica precisamente todo lo contrario. El Señor lo dejó claramente establecido cuando nos dice: "En el mundo tendréis aflicción" (Juan 16:33). "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame" (Lucas 9:23). Ambas expresiones del Señor implican "dificultad", "esfuerzo"; lo contrario a "comodidad".

Seguir a Cristo no está supuesto a ser fácil, mucho menos cómodo. De hecho, es "anti-natural", pues nuestro instinto natural es seguir los deseos de nuestra carne. Eso es lo normal. Ser cristiano, seguir a Cristo, es la antítesis de nuestra naturaleza pecaminosa. Es enfrentar nuestro pecado vs. la santidad de Jesús. Es caminar todo el tiempo en pos de esa santidad e imitar a Cristo en todo. Eso es lo que define al cristiano. Por lo que no hay duda que, como cristianos, estamos llamados a constantemente tomar nuestra cruz ("cada día") y salir de nuestra zona cómoda.

Si te sientes cómodo, si todo en tu andar con Jesús te resulta fácil, si sientes que todo está color de rosa en tu vida espiritual, si tienes las mismas preguntas, inquietudes o luchas y si eres el mismo cristiano de hace unos años ¡cuidado! Puedes que estés en una zona cómoda.

El Apóstol Pablo describió en ocasiones el cristianismo utilizando palabras como "batalla" (1 Timoteo 6:12; 2 Timoteo 4:7) y "carrera" (2 Timoteo 4;7; Hebreos 12:1). Ambas palabras implican movimiento, esfuerzo, crecimiento y luego logro. El cristiano está llamado a crecer, a moverse, a esforzarse, a no permanecer estático. El cristianismo no tolera la mediocridad. No se puede seguir a Cristo a medias. ¿O acaso le diremos al Señor que nos deje hacer esto o lo otro primero antes de comprometernos por completo con Él, como le dijo uno que quería seguirle en Mateo 8:21?

¿Qué nos mantiene en la zona cómoda?
¿Qué fue lo que hizo que el siervo que recibió un solo talento no hiciera nada con él? El siervo le dijo a su señor: "Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo" (vv. 24-25). Se destaca en su justificación una palabra: MIEDO. La mayoría de las veces que permanecemos en esa zona cómoda es debido al miedo. Particularmente pienso que el miedo es válido. Lo desconocido siempre da miedo. No saber cuál es la voluntad de Dios también da miedo. Ahora bien, ¿es justificación para no hacer absolutamente nada?

Otra justificación para permanecer en una zona cómoda es la PEREZA. Sencillamente, no queremos esforzarnos. Aplicamos a nuestra vida cristiana la ley del mínimo esfuerzo. A menudo nos apoyamos en la gracia del Señor y en la correctísima doctrina de que la salvación es por gracia y no por obras para justificar nuestra inercia. "Dios me ama y no tengo que hacer nada, que no sea arrepentirme y aceptarlo como mi Salvador, para ganar mi salvación", nos decimos a nosotros mismos. Lo cual es cierto. Pero debemos tener en cuenta que no somos el ladrón arrepentido al lado de Cristo en la cruz. Ese ladrón estaba a punto de morir y Jesús le regaló la salvación, por gracia. El señor no le dio más tiempo de vida en la tierra, pero sí la salvación. A nosotros, que estamos vivos, el Señor nos da la salvación, pero también nos da tiempo. El tiempo es como los talentos de la parábola. Es una gracia, un regalo, un recurso. La pregunta es: ¿qué hacemos con ese recurso? ¿Lo malgastamos no haciendo nada con él? ¿O lo invertimos para que produzca "intereses"?

¿Cómo salir de la zona cómoda?
Más que salir de ella, en realidad, la zona cómoda debe ampliarse. El cuadrado debe crecer cada vez más. ¿Significa esto que llegará un momento en que todo sea zona cómoda? Pues sí, ese momento llegará.... cuando estemos en el cielo con nuestro Señor. Sin embargo, mientras estemos en este mundo, siempre habrán cosas fuera de la zona cómoda que debemos integrar a la misma, o por así decirlo, siempre habrá una zona "incómoda". Nuestro trabajo es salir del cuadrado a buscar todo lo que está en esa zona incómoda y entrarlo. Para hacer esto sólo tenemos que superar los dos principales factores que nos entorpecen para darle a Dios el máximo de nosotros mismos, que son: el miedo y la pereza.

Sobre el miedo y la pereza, superarlos conlleva fe. Pero no la fe como sentimiento o simple creencia, sino la fe activa que conlleva acción. A esa fe yo la llamo la "fe responsable". "Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas" (Josué 1:9). Fíjate cómo esta confianza en Dios está acompañada de una acción por parte nuestra: esforzarse. Esa es nuestra parte, nuestra responsabilidad es confiar y esforzarnos. Dios hará su parte, que es estar con nosotros en todo momento, y ¿qué mayor fuerza que su presencia a nuestra lado?

Todo esto de "esforzarse" no puede verse de manera aislada. Tenemos que tener claro que nuestros esfuerzos no sirven de nada sino están acompañados de fe. Podemos esforzarnos todo lo que queramos, y si no tenemos fe, si no estamos dispuestos a hacer la voluntad de Dios, no servirá de nada. Seremos igual que esa rata de laboratorio corriendo en una rueda sin avanzar, simplemente agotando toda nuestra energía. Nuestros esfuerzos sin la dirección de Dios y sin tener toda nuestra confianza puesta en Él son fútiles.

Dios quiere más de ti y de mí
Ahora mismo sé que el Señor quiere más de mí. Lo sé porque Él no espera menos que TODA nuestra vida. Dios no espera de ti cuando le entregas tu vida que la separes en diferentes "departamentos", y que sólo le entregues tu vida "cristiana" o "eclesiástica" o "espiritual". Debes someter todas las demás áreas de tu vida, TODA tu vida, a la soberanía de Dios. Tu vida profesional, tu vida social, tu vida amorosa, tu vida familiar, tu vida económica.... toda tu vida. Mientras haya áreas de tu vida en donde seas tú quien mandes y no el Señor, entonces sabrás que Él quiere más de ti.

Sé que Dios quiere más de mí también porque sé muy bien de lo que soy capaz. No puedo decir que no sé qué Dios quiere de mí con falsa humildad, pretendiendo no saber que tengo habilidades para hacer esto o aquello. Dios me ha dado capacidades, habilidades, talentos, dones, recursos. Yo los conozco, están en mí. Algunos hay que desarrollarlos, otros ya están listos para ser usados. La pregunta es: ¿qué estoy haciendo con ellos? Mientras haya una habilidad en tu vida que no estés poniendo al servicio de Dios, entonces sabrás que Dios quiere más de ti.
   
Pero no debemos confundir salir de la zona cómoda y darle más de nosotros al Señor con llenarnos de actividades y proyectos al punto de llegar a ser ineficientes y de drenar nuestro espíritu. Dios quiere más de nosotros, pero salir o ampliar la zona cómoda no quiere decir convertirnos en cristianos super ocupados. No quiere decir estar en diez ministerios al mismo tiempo y llegar al punto del agotamiento. No quiere decir llenar nuestra agenda de obras para Dios y actividades de la iglesia. Quizás para algunos quiera decir todo lo contrario. Quizás mantenerse super ocupado sea la zona cómoda de alguien. Dios no quiere que simplemente "hagas cosas", Dios te quiere a ti. Quiere tu corazón. 

Pensemos por un momento en la historia del joven rico que encontramos en tres de los Evangelios (Mateo 19:16-30; Marcos 10:17-31; Lucas 18:18-30).  Es una historia tan triste. El joven era un cumplidor. Hacía todo lo que había que hacer. Cumplía los mandamientos; hasta el del amor al prójimo. Era un hombre bueno, justo, agradable a Dios. Me gusta mucho como en la versión de Marcos, dice "Entonces Jesús, mirándole, le amó..." (Marcos 10:21). Pero ni aún eso era suficiente. ¿Por qué? ¿Por qué ser bueno, hacer cosas para el Señor, ser justo, amar al prójimo, no es suficiente para Dios? Porque Dios quiere nuestro corazón. Para el joven rico, faltaba ese pequeño detalle: su corazón. Toda la lista de mandamientos que el Señor le dijo eran zona cómoda para él. Me imagino diciendo "checked" a cada uno de los ítems que Jesús le decía. Pero renunciar a sus riquezas era salirse de su zona cómoda, porque implicaba dar todo su corazón a Cristo.

Hazte la siguiente pregunta: ¿Estoy realmente dándole mi corazón a Dios? ¿O simplemente estoy poniendo cotejos a una lista de requisitos de lo que me he inventado significa ser cristiano?

Cuando nos vemos forzados a salir de la zona cómoda
Algo que sí tengo por seguro es que el Señor puede revelarnos que estamos en una zona cómoda trayendo circunstancias a nuestras vidas que nos obliguen a remenearnos, a despertar, a abrir los ojos. Cuando este tipo de circunstancias lleguen a tu vida, pregúntate: ¿Qué quiere mostrarme el Señor? ¿Qué comodidad quiere el Señor que abandone? ¿Por qué? ¿Para qué?

La respuesta a esta última pregunta, en mi caso particular, pienso que es para que yo crezca en santidad. El Señor quiere que crezcamos en el conocimiento de Él. ¿Y para qué quiere Él que crezcamos en santidad? Para que podamos estar cada día más cerca de Él. El objetivo final de Dios es tener una relación contigo y conmigo, estar cerca de ti y de mí. Pero Él no puede estar cerca del pecado. "Como aquel que os llamo es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo" (1 Pedro 1:15-16).

El Señor también nos manda circunstancias a nuestras vidas para probar nuestra fe.  "Aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo" (1 Pedro 1:6-7). Es decir que nuestra fe es probada. ¿Probada a quien? ¿A Dios? Dios no necesita probar nuestra fe. Él es Dios; Él lo sabe todo. No necesita diseñar una prueba para ver qué tan grande o buena es nuestra fe. Él ya sabe eso. Lo que necesitamos probar nuestra fe somos nosotros. Cada circunstancia que pone a prueba nuestra fe es para que nosotros comprobemos cómo opera la fe en nuestras vidas y podamos ver su poder.

Descubriendo tu zona cómoda
No sé cuál es tu zona cómoda, o tu zona incómoda. Tampoco estoy clara, para ser honesta, en cuál es la mía. Ahora mismo estoy en oración para que el Señor me la muestre. Quizás tu caso sea que hayas estado en un ministerio por tanto tiempo que ya lo haces hasta con los ojos cerrados. Quizás sea que debes elevar la barra en tu nivel de profundidad en el estudio de la Palabra de Dios. Quizás sea que no estás evangelizando con el mismo ímpetu que lo hacías cuando recién te convertiste. O quizás sea que tu tiempo a solas con Dios debe ser extendido. Solo el Señor puede revelarte esas cosas. Lo que yo estoy haciendo en este momento, es orando y pidiéndole al Señor que me revele en qué área de mi vida debo ampliar mi zona de confort.

Las listas siempre ayudan. Empieza por tus talentos. Haz una lista de tus talentos (desarrollados y potenciales). A la derecha escribe para cada uno cómo lo estás utilizando para Dios. Luego sigue con tu tiempo de intimidad con Dios. Evalúa cómo está ese tiempo. Pregúntate si estás poniendo tu corazón en cada segundo que pasas a solas con Dios. O simplemente, ponte de rodillas y hazle la siguiente pregunta al Señor: "Oh, Padre, dime qué más puedo darte". Pero procura que tu corazón esté listo para escuchar la respuesta del Señor y no entristecerte y marcharte como lo hizo el joven rico, pues de seguro implicará salir de tu zona cómoda. ¿Estás listo?
¡Dios te bendiga!